Imagina que a tu escritorio llegan dos sobres. El primero, los resultados de un examen que esperabas que llegaran pronto. El segundo, una invitación genérica a una exposición artística de un autor que no conoces.

Ahora te voy a Spoilear el final. Lo primero que ves al abrir cada sobre es una imagen. Genitales, ambas imágenes son derechamente genitales. Femeninos, masculinos, no importa.

Probablemente la imagen que vendría –imaginemos- en los resultados de tus exámenes sería más fácil de asimilar. Son tus genitales. La imagen, aunque inesperada, se entiende en el contexto médico en que está inserto: necesitas ver los resultados de tus exámenes (tienes todo bien, tranquilidad). Por otro lado, podrías objetar muchas cosas de la segunda imagen (la invitación) ¿Pedí yo ser parte de esto, recibir esta imagen de los genitales de quién sabe quién? ¿Es esa la forma de repartir una invitación? ¿Es la invitación en sí, parte del mensaje conceptual del artista? Yo no pedí ser parte de esto, Está interesante, pero lejos de mí. Son reacciones que vienen inmediatamente a la mente. Sin embargo tal vez valga la pena ir un poco más allá, al siguiente nivel, y cuestionarnos a consciencia ¿Por qué estoy reaccionando como reacciono ante cosas como esta? ¿Me ofende ver genitales fuera de los contextos íntimos? ¿Es esa una reacción natural? ¿Qué significa mi rechazo? ¿Es la imagen lo que me ataca, o tal vez son las implicancias, el mensaje intertextual que pudiera venir detrás? Si es así ¿Por qué me ofenden los mensajes con contenido abiertamente Pro-Diversidad? ¿Deberían limitarse tales intervenciones a cierto grupo de personas? ETC.

Probablemente no seas consciente de tanta pregunta, ni cuestionamiento. Es más, si naciste después del mundial de Francia 98 (¿Por qué de pronto las referencias deportivas se sienten sexistas?) es probable que no te cuestiones estas problemáticas seriamente. En esencia estos debates son una brecha generacional, y lo que es normal ahora estuvo lejos de serlo para tus padres y los padres de ellos, pero vale la pena cuestionarnos ciertos planteamientos que se divulgan en lo cotidiano y que de pronto empiezan a parecer añejos y fuera de época.

En sí misma, la analogía de las cartas es malísima. Ni va a pasar, ni refiere a un conflicto real. Sin embargo es útil para ejemplificar ciertas posturas que tenemos como adultos ante un fenómeno que sí es tangible y real, y que es probable que enfrentemos varias veces al día. A estas alturas decir que el discurso pro diversidad está de moda no es ofensivo para nadie. Es una realidad. Ya no vale minimizar el tema con un chiste clásico de Gordillo y la Guerra de los sexos es de pésimo gusto, pero ese debate está cerrándose para bien, y la opinión está hoy más cerca de homogeneizarse que nunca, y está bien sentirse cómodo con eso.

La verdadera lucha se lleva a cabo en una cancha mucho más chica, pero no menos trascendental. En el campo de batalla interior, en los confines del metro cuadrado, donde somos más íntimos con nosotros mismos y nuestro entorno. Como todo sabio dicho repetido hasta el cansancio “la ropa sucia se lava en casa” que no hace más que invitarnos a resolver nuestros conflictos en el espacio privado. Somos nosotros mismos quienes deberíamos proponernos mejorar los aspectos que están mal, y que tal vez nunca nos cuestionamos. ¿Cuánto sexismo, homofobia, misoginia tengo impregnado en mi discurso diario? ¿Desde mi crianza?

Muchos de nosotros nacimos en una sociedad machista opresora y fuimos criados en consecuencia para rechazar, minimizar y hacer burla del que saliera del molde, solo porque así tenía que ser. Hoy ya es tarde para nuestros padres. Hay quienes entienden el nuevo mensaje en edades avanzadas, pero la realidad es que son los menos. Los mayores se convencieron de que no pueden cambiar, o que ya es muy tarde. Por tanto la tarea está en nuestras manos, en saber reconocer que el mundo en que crecerán nuestros hijos no los castigará por ser diferentes, ni por la persona que decidan ser. Y tal vez en el camino aprendemos a crecer nosotros mismos como personas.

Ahora, es probable que tú, estimado lector, estés frunciendo el ceño mientras lees pensando “yo no estoy de acuerdo, pienso diferente y tengo derecho a tener otra opinión” Y todo eso es muy válido, pero te invito a darle una vuelta. Una ¿Por qué debería ofendernos la representación de un sexo? Qué pasa si vas al baño de un bar un día y en las puertas, en vez del monito con pantalones y el monito con falda, te encuentras con un pene y una vagina pintados en estilo artístico –tal vez por un artista connotado, quizá- ¿Es esa la elección? ¿Eres tus genitales? ¿Qué es más importante en ese momento, tu necesidad de ir al baño o que se te asocie al género correcto?

Hay muchas preguntas que vale la pena hacerse, pero eso es harina de un costal diferente y mucho muy grande. Lo que podemos o no realizar personalmente para cambiar depende considerablemente de nuestra propia disposición a cambiar, a evolucionar. Existen muchos que simplemente no sienten necesidad de adquirir nuevos conocimientos, crecer personalmente y abandonar los brazos cómodos de la ignorancia. Y contra tales defensas el asedio es impotente. Son estas las personas que tal vez miren con desprecio cualquier forma de expresión –Dígase artística, opinión, Etc.- que no se ajusta a sus estándares o que no llena sus casillas personales. Que rechazan cualquier discurso divergente por asco irracional, o porque siquiera argumentar contra eso sería darle importancia y no queremos eso. No queremos que venga alguien a decirnos que tenemos los ojos vendados. No queremos que alguien venga a mostrarnos nuestros errores, mucho menos vamos a aceptar ayuda. Nosotros no estamos mal, el problema es del otro, siempre y cuando pueda encontrar uno más que piense como yo. Porque finalmente la ignorancia es una enfermedad social, y se reafirma en la ignorancia de mi compañero. Probablemente en algún momento sentí un impulso visceral de reaccionar ante algo que me incomodó, pero no dije nada, porque soy parte de un ecosistema que funciona escondiendo al individuo y tiene mentalidad de manada. Pero si pasa que tiro un anzuelo de mi pensamiento, y un compañero pica, entonces me siento aprobado y tengo libertad de tirar mi rollo por cavernario o moderno que suene. Total, es lo que todos piensan. Y esto es aplicable a cualquier lado del discurso.

Tranquilo, ese probablemente no eres tú, pero existe. O tal vez sí eres tú, pero nunca te diste cuenta, no te lo cuestionaste. El punto es que sepas quién eres. Que tomes las riendas de tu propia opinión, ya sea a favor o en contra, si encuentras los argumentos y te abres a la posibilidad de salir del conformismo, entonces te lo concedo. El punto no es que una cosa está mal y otra bien, el punto es que sepas por qué. Incluso si lo que aprendiste reafirmó tu postura y esa postura difiere de la del otro, salir de la manada y tener pensamiento crítico y consciente, pensamiento propio, siempre es una forma de mejorar.

Finalmente la imaginería genital nos enfrenta, resuena en los salones de nuestra propia privacidad, genera ruido y desviste (¡ja!) nuestras propias inseguridades y todos los ripios que arrastramos desde que crecimos, absorbiendo como esponjas todo lo que nos rodea. Cuando nos toca, nos sentimos agredidos, pasados a llevar, tal vez, porque no le damos esa invitación a nadie. Pero cuando pasa, cuando nos violenta, está en nuestras manos mirarnos a nosotros mismos, estudiarnos. Saber que esos salones vacíos en nuestro interior pueden llenarse con experiencias, con libros, con el ejercicio de la información. Ir más allá de la reacción visceral.

El arte de la genitalia es retador a propósito. Y así como puede no generar nada en ti, puede desencadenar reacciones incomprensibles en algunos. Ojalá, si te toca, sepas aprovechar la oportunidad para alimentarte y crecer personalmente. No significa que vas a cambiar de opinión, ni de postura. Significa que entenderás mejor, que tendrás una mejor comprensión de ti mismo y tu entorno.

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