¿Por qué no hay acuerdo con los profesores?

Por todo Chile los profesores han alzado la voz para manifestar su malestar en un reclamo histórico que abarca los mismísimos cimientos de la educación del país. Aunque las voces se acumulan y las opiniones contrastantes intentan sobreponerse entre sí sin acuerdo aparente, las consignas parecen difuminarse en un borrón que se ha dilatado lo suficiente como para que uno se desoriente. Y, aunque hemos escuchado muchos petitorios, los principales ejes del movimiento docente son tres: Educación pública, educación integral y mejores condiciones laborales.

El primer y el último punto tocan un tema estructural que ha sido el talón de Aquiles de nuestra educación pública desde hace mucho tiempo. No solo se encuentra la educación pública en situación de precariedad generalizada -la excepción hace la regla-, dese su infraestructura, sus edificios públicos, la pésima administración de los sostenedores, o las malas prácticas al interior de los mismos colegios. Hoy día los profesores salen a la calle a pedir por mejorías simples a las condiciones de trabajo para todo el cuerpo docente. No grandes mejorías, sino las mínimas que aseguren una base desde la cual realizar su trabajo en todo su potencial.

Dentro de estos puntos se incluyen los ítems sobre la evaluación y carrera docente, que, de acuerdo con los profesores, necesitan ser revisadas con urgencia y con presencia del gremio en las mesas de trabajo; proyectos de ley que comprometan al estado a otorgar protecciones especiales a los docentes en el desempeño de su trabajo, incluidas modificaciones al código penal; y los temas críticos como el incentivo al retiro y la deuda histórica que implican una inyección directa de recursos desde la cartera de educación.

El tercer eje de las demandas docentes toca un punto más profundo. Con educación integral los profesores ponen bajo la lupa el contenido mismo de lo que elegimos enseñar a nuestros hijos. Éste tema tiene implicancias más amplias para la cartera de educación. Va más allá de tener o no las ganas de intervenir un currículo que lleva vigente – con reformas desde la revolución pingüina de 2006 – desde el ‘73 y que fue anclado a la constitución mediante la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE) promulgada un día antes del traspaso del gobierno y la recuperación de la democracia (un 10 de marzo de 1990). Ley que separó los conceptos de Currículo y planes y programas de estudio, dándole potestad a las instituciones educacionales sobre qué planes y programas implementar, y otorgándole el control sobre los detalles del Currículo a un nuevo organismo del gobierno, separado del ministerio, nominado Consejo Superior de Educación, responsable de visar cada propuesta de modificación a la base curricular propuesta por el ministerio, y que, hasta el año 2010, aún se constituía – por ley – por miembros del Poder Judicial y las Fuerzas Armadas. Mismo año en que dicho organismo cambia su nombre a Consejo Nacional de Educación y restringe su composición a representantes del campo educativo (por lo que debemos agradecer a nuestros pingüinos).

Intervenir el Currículo requiere, por ende, un esfuerzo organizado de diferentes organismos del gobierno, y toda moción para modernizar los contenidos orgánicos de enseñanza deben superar varios filtros para ser aprobados.

Hoy el conflicto pasa específicamente por la modificación que volvería Educación Física e Historia en asignaturas de carácter electivo, decisión que va por un camino al menos dudoso en cuanto a los intereses detrás del currículo y lo que queremos que nuestros niños aprendan; aunque este tema en específico fue puesto en la encrucijada tras las manifestaciones, siendo uno de los puntos que genera más discordia. La medida inmediata por parte de la cartera fue mantener ambas asignaturas con carácter de obligatorio, aunque ubicándolas en las “horas de libre disposición”, lo que no termina por convencer a ninguna de las partes.

A día de hoy, la ministra Cubillos se ha sentado en varias de las mesas de diálogo y trabajo que han logrado acuerdo en la mayoría de los puntos listados por los profesores. En general, las demandas de infraestructura y seguridad laboral están en condición de “acuerdo”, a excepción de las demandas por una bonificación salarial de reconocimiento profesional para las educadoras diferenciales y de párvulos; y la ya referida deuda histórica de los profesores, que se ha mantenido bajo la alfombra desde 1981, desconocida por los sostenedores de la época, que ignoraron reajustes del sueldo base a los funcionarios públicos de hasta un 90%. Profesores que hoy han cobran jubilaciones de miseria y muchos otros que fallecieron sin ver acción alguna de ningún gobierno a la fecha.

La respuesta de la cartera de educación sobre estos temas es tan simple como violenta: Tales acuerdos representan un “gasto fiscal elevado que no es posible abordar considerando la situación fiscal actual”. Si bien el gobierno se muestra abierto a discutir estos problemas, la respuesta va a ser siempre la misma: No hay recursos.

Desde la vereda de los profesores, la calidad de su labor depende principalmente de los recursos humanos de que disponen. El mantra en las salas de pedagogía es que jamás dejas de ser profesor. Y no solo tiene que ver con un espíritu docente que se apodera de tu cuerpo cuando recibes tu título – aunque casi –, sino con una realidad bastante más concreta: tus horas de trabajo se estiran hasta el infinito. A los profesores se les paga por hora de clases, en sala. Sin embargo, su trabajo no acaba una vez que suena la campana. Planificar horas de clase, revisar pruebas y exámenes, ver casos especiales, generar material para desarrollar sus clases, guías, textos; reuniones de apoderado. La lista no acaba, literalmente. Y a muchos puede sonar natural llevarse el trabajo para la casa, pero la la compensación salarial no alcanza a ser equitativa, y estamos hablando de los encargados de la educación de todos los niños del país.

Durante mucho tiempo los profesores se mantuvieron al margen de los movimientos estudiantiles que pedían por una educación más justa y de calidad. En parte por la precariedad de sus propios trabajos, y en otra, porque la voz de los estudiantes necesitaba ser oída libre de otras posiciones. De esta forma, los profesores han apoyado movimientos que buscan mejorar la calidad de la educación, dejando de lado sus propias demandas históricas por un trabajo más digno.

Hoy los profesores pasan a la línea delantera a llamar la atención por sus propias demandas, y sin embargo, la calidad de la educación es uno de los ejes de su movimiento. Porque la educación es su trabajo, y nadie mejor que ellos puede apuntarnos lo que estamos haciendo mal.

Entonces, no hay recursos. En este momento el ministerio no puede dar respuestas concretas a los profesores sobre sus demandas salariales. Pero entonces ¿Por qué no se puede modificar el sistema que determina directamente la calidad de la educación? ¿Qué impide al ministerio aprobar mejoras que no tienen que ver directamente con una inversión fiscal? ¿Es tan complicado modificar el Currículo?

La respuesta inmediata es que sí. Por todo lo ya mencionado, modificar la base curricular que rige lo que se enseña en los colegios es un proceso complejo que involucra diversos organismos estatales. Pero la modificación que volvió las asignaturas de Historia y Educación Física de carácter electivo no pareció tener tantas barreras a la hora de ver la luz. Entonces ¿Hacia dónde se está haciendo el filtro?

Están quienes aseguran que existen barreras políticas de por medio. Que los gobiernos de una u otra postura ponen trabas a las modificaciones curriculares que van contra su postura política. Y, aunque esta idea podría tener mucho de razón, ambos polos de nuestra política parecen ser igual de impotentes a la hora de encontrar solución a las demandas educacionales.

Las declaraciones de la Ministra Cubillos a menudo parecen leídas directamente de un discurso de derecha, que criminaliza a los profesores y los apunta como responsables de la crisis educacional, victimizando a los niños que han perdido clases en medio de las manifestaciones. No deja de ser un punto importante que los niños pierdan clases, pero ese está lejos de ser el foco del conflicto. Y, aunque la cartera de educación ha logrado dar respuesta – o, al menos ha acordado discutir – a varios puntos del petitorio, su discurso no hace más que amplificar la discordia, antagonizando a los profesores para presionarlos a abandonar las movilizaciones y profundizando las diferencias más grandes. Y desde el otro lado, los gobiernos anteriores han sido igual de incapaces de dar respuesta, y han evadido de muchas formas los conflictos históricos con igual y mejor efectividad.

Desde el mito, es fácil convencerse de que es el poder político el que interviene a su gusto en las decisiones importantes de nuestro futuro educacional, imponiendo intereses políticos en nuestros niños controlando lo que se enseña en clases, lo que se debe leer, o lo que es irrelevante para nuestros niños (el caso de la asignatura de Religión y Filosofía viene a la mente). Desde lo realista – sin ánimos de absolutismo –, lo que se ha hecho mal en educación se ha estado haciendo por más de medio siglo, y es creer que es un sistema que no muta, que no evoluciona. Desde que se imparte la enseñanza en la sala de clases, toda la maquinaria educacional se ha mantenido inalterablemente igual. Datos se han agregado en la historia, teorías se han adicionado al cálculo (principalmente en la educación superior) pero por sobre todo se enseña de la misma forma. Y este es otro punto en que los profesores la tienen muy clara: Seguimos aplicando el mismo molde a todos los estudiantes sin excepción, independiente de sus necesidades especiales o sus capacidades específicas. El mundo a cambiado, ha evolucionado. Necesitamos nuevas mentes que puedan pensar creativamente, resolver problemas innovadoramente, pero les enseñamos a resolver exámenes estandarizados para determinar su éxito, exámenes que son demasiado crudos para ser aplicados, pero cuyo resultado determina el futuro de una persona. Hoy es demasiado real afirmar que en los colegios se enseña solo a resolver el examen PSU, instituciones educacionales completas dependen de los incentivos fiscales que premian a los colegios que obtienen mejores resultados en este examen, lo que crea una maquinaria desquiciada que presiona a los estudiantes a resolver facsímiles de ejercicios en jornadas titánicas de cuatro asignaturas para obtener más recursos. Muchos colegios lo aplican con buenas intenciones, buscan re inyectar esos recursos en infraestructura para ofrecer un mejor servicio, pero ese mismo es el problema. De acuerdo con Frederick J. Kelly el sistema de exámenes estandarizados que da opciones múltiples a los examinados buscando una respuesta específica separada de la aplicación del propio juicio, es un sistema demasiado crudo para ser aplicado en las escuelas a los niños. Frederick J. Kelly es, justamente, el inventor de los exámenes de opción múltiple.

Tal vez la respuesta no es mejorar el sistema educacional de nuestro país. Tal vez la respuesta es cambiar el sistema por completo. Aprender de naciones que van a la vanguardia, que reinventaron su sistema de educación cuando era necesario, lo separaron del sistema político, y le dieron la importancia que necesitaba a la educación enfocada en cada niño, dándole al profesor las herramientas que necesita, sin hacer de su trabajo una calle sin salida. Chile podría aprender de los países de los que importa otros sistemas, las Finlandias, las Noruegas y las Alemanias, y ver que gran parte del éxito que éstos tienen como nación se debe a un sólido sistema educativo-cultural que son los fundamentos de un país desarrollado.

Los profesores definitivamente dieron el primer paso. Tomó casi 30 años que sacaran la voz, pero es el comienzo.

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